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OPINIÓ

Valeria Vargas | Actualitzat el 20 Setembre 2017 a les 10:04

Volvemos a la rutina, a nuestros lugares de trabajo, a nuestros estudios, a nuestros círculos. Las comidas en grupo, con los compañeros, con los colegas, con los amigos. Las reuniones al acabar el trabajo, los cambios de turnos, las vecinas del barrio. En el mercado, nuestros puntos de venta habituales.

Todos comentan sus viajes y aventuras de verano. Sus amoríos y compras, sus experiencias gastronómicas, sus cambios de vivienda, sus quejas, sus intimidades, sus confidencias, risas.

Sin embargo todos conciden en comentar un triste evento. Despedimos el verano de una manera triste y diferente. Se comenta entre otras cosas, que Barcelona ya no es segura, que ya no es la misma. Se hace incapié en lo que pudo ser (acerca de los explosivos y su destino frustrado) y lo que será, y cuándo será.

Días después del trágico evento, me acerqué a las Ramblas, observe horrorizada y con los ojos humedecidos las muestras de cariño, los mensajes, las flores y las fotografías de las víctimas de aquel horroroso jueves 17 de Agosto. Un signo de interrogación invisible me perseguía en cada paso. ¿Por qué?

Al final del recorrido, dejo una vela blanca en medio de miles, flores y letreros con mensajes en pleno mosaico de Joan Miró.

Mi piel erizada y lágrimas que no puedo contener expresan la tristeza de tal horroroso evento que le ha tocado vivir a mi ciudad querida. A mi Barcelona. Mi tierra, mi sitio de protección, mi tierra de consuelo, de oportunidades. Teniendo origen europeo y americano y habiendo vivido en distintas ciudades y conocido diferentes culturas, siempre he sentido que todo va bien cuando estoy en Barcelona. Siempre he sentido que es mi hogar.

Siempre hay una manera, el sol siempre sale, siempre tengo el mar para reponer fuerzas viendo el horizonte y la montaña para observer la majestuosidad de la naturaleza desde las alturas.

Me duele ver a mi ciudad con miedo. A los ciudadanos y turistas atemorizados. Expectantes de la siguiente masacre que gente descorazonada pretende cometer en cualquier momento. No se puede vivir con miedo. Hay que ser más atentos, estar alerta, pero no tener miedo ni tan siquiera al miedo.

Estos eventos desafortunados pueden pasar en cualquier otra ciudad grande. Tomo asiento en la plaza del Sol en Gracia, observ0 la gente pasar, los niños vuelven al cole, la ciudad vuelve a la normalidad. Refelxiono. Pienso que la ciudad donde uno habita es como la persona que uno ama. No es un concepto fácil de entender. Pero, puedo decir que, cuando soy capaz de sentir de esta manera, cuando soy capaz de amar sin estar excesivamente vinculada a la necesidad de ese amor, me siento más íntima y estrechamente vinculada a mi pareja y en este caso a mi ciudad. Estoy más dispuesta a compartir lo que soy y lo que deseo, porque en última instancia no estoy viviendo bajo la idea de que no puedo - por mi bien y mi bienestar- estar sin esa persona ni vivir en ese lugar.

La necesidad de separarse de la relación o de una ciudad como algo de lo que depende mi supervivencia es verdaderamente una manera de experimentar una conexión más profunda, la intimidad y el amor. Porque puedo amar por mi deseo de amar, no mi necesidad de amar, no mi necesidad de su presencia, no mi corazón agarrando a su corazón por miedo. Es un amor más puro y más significativo. Y, al final, ¿no es eso lo que todos deseamos? ¿No es eso el punto de todo esto? Vivir sin miedo, amar sin miedo, caminar sin miedo. Y ser libres, de corazón, de pensamiento y de espíritu.

Sin miedo al miedo.

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